Ocupé un cuarto en una casa de huéspedes que se ubicaba a una cuadra del Parque Morelos. Los vecinos me dijeron que décadas atrás ese lugar había sido muy bonito y tranquilo. Yo lo encontré sucio, descuidado, listo para ser un espectro más de la ciudad. A su alrededor, las viejas tiendas de raspados toleraban la vecindad de bares casi clandestinos y casas de empeño vigiladas por coyotes. Estaban, además, las prostitutas: jóvenes de mirada cansada y señoras de canas y vientres hinchados.

En las mañanas, cuando salía a buscar trabajo, ellas ya estaban ahí, en las bancas del parque o apoyadas en los muros del callejón más cercano. No sé si eran siempre las mismas. Nunca me metí con alguna, aunque sí pensé en intentarlo. Muchas noches, a pesar de sentirme cansado, imaginar que una de ellas estaba en mi cuarto fue lo último que hice antes de dormir.

Acepté el trabajo como auxiliar de recursos humanos en una pequeña financiera porque empezaba a desesperarme, mi búsqueda había durado más de un mes y ya no quería pedir dinero a mis papás. 

El primer día, Sara, mi jefa, me dijo que el fin de semana conocería a Memo, chofer de la financiera. Él te llevará a los lugares donde se hará la promoción de vacantes. Si no tiene más trabajo, te acompañará; si lo ocupamos para algún viaje, solo te dejará y luego pasará a recogerte.

Una tarde, mientras esperaba pasar a otra entrevista de trabajo, escuché decir que a los nuevos les toca reclutar trabajadores en pueblitos lejanos o en las colonias más cabronas. Imaginé que el trabajo sería pesado y tal vez peligroso, pero me convencí de que yo podría hacerlo bien.

Memo conocía todo en la ciudad. También recordaba con nostalgia una mejor época del Parque Morelos. Cuando le dije que yo vivía cerca, me aconsejó tener mucho cuidado al andar por la zona. 

Las jornadas iniciaban en el Tsuru de la empresa. Mientras platicábamos, yo preparaba la papelería que debíamos repartir, Memo manejaba como si el maltratado compacto fuera un deportivo y las calles de Guadalajara, pistas hechas para altas velocidades. Una tarde, en un crucero, encontramos un Maserati azul cielo. De la descripción que hizo Memo, solo recuerdo que ese carro tenía el acelerador y el freno en el volante. Lo seguimos un buen tramo de la carretera hacia Tesistán. Gracias a los semáforos en rojo pudimos acercarnos lo suficiente para escuchar el trueno, que era el motor en cada nuevo inicio de marcha. Solo por eso, Memo se puso muy feliz. A él le gustaba mucho platicar y, desde los primeros días, tuvo confianza de contarme su vida. Había sido boxeador y futbolista amateur, llegó a jugar en las fuerzas básicas de los Leones Negros; en los dos deportes estuvo cerca de ser profesional, pero una fractura en la mano y otra en la rodilla impusieron los retiros. Estaba casado y tenía una hija pequeña. Le gustaba decir piropos a las mujeres; agradecía que el calor de verano les hiciera usar minifaldas y blusas escotadas. Aunque él me animaba a que yo también lo hiciera, nunca pude copiar su seguridad. En silencio, solo para mí, agradecía lo mismo que él. A mí también me gustaba mucho ver a las mujeres que encontrábamos en las calles.

Conocí a Violeta en Tlajomulco. Pegaba una tira de volantes en un poste de luz cuando la vi acercarse. Vestía una falda blanca, muy corta, sandalias crema y blusa naranja. Labios coloreados en un rosa pálido. Me planté frente a ella y, al extenderle un volante, solté lo mismo que a todas las personas: buenas tardes, si buscas trabajo yo te ofrezco una oportunidad. Se detuvo a leer el papel. Yo observé primero su largo cabello negro y luego sus piernas delgadas. El anuncio indicaba que la vacante era para personas de entre 20 y 35 años. Ella dijo que de casualidad ese día era su cumpleaños número 20. Le dije felicidades y le pregunté su nombre. Soy Violeta Ariadna, pero todos me dicen Violeta, me gusta más. Felicidades, Violeta, le respondí y me acerqué para abrazarla. Lo hice sin pensar. Ella no se apartó, respondió el abrazo y soltó una risa sonora antes de decir muchas gracias.

Al separarnos, me sentí nervioso y sorprendido por lo que había hecho. Nos vimos en silencio por algunos segundos. Luego le pregunté si sabía por qué en Guadalajara las personas tienen dos nombres. Crecieron mis nervios y me sentí tonto por la pregunta. Volvió a reír, más fuerte que la primera vez. Ni idea, pero ¿por qué preguntas?, ¿no eres de aquí? Conté que había llegado a la ciudad un par de meses antes y que eso de los dos nombres se me hacía raro. Me interrumpió al devolverme el volante. La oferta sonaba bien, pero ya tenía trabajo. En un bar, bueno, una fonda que también es como bar. Soy mesera, atiendo y ayudo en lo que se necesita. Volteó hacia la izquierda e hizo un intento por señalar, sin extender por completo el brazo, sin apuntar hacia un sitio en específico.

Yo tampoco me esforcé mucho en ubicar, en la acera de enfrente, algún local que pareciera una fonda. Solo asentí y volví a verla en silencio. ¿Y tú siempre abrazas a las personas a las que ofreces trabajo?, ¿qué les haces si al final sí las contratas? Bueno, si en tu empresa las contratan. Agaché la vista y vi todos los volantes que aún me faltaba repartir; tenía la muñeca derecha encerrada en un grueso rollo de cinta adhesiva.

Discúlpame, me distraje, no quería molestarte. Gracias por la atención, dije muy serio, y comencé a dar media vuelta. Violeta alcanzó mi hombro para detenerme. No me molestaste, solo te quería vacilar, ¿no quieres un vaso de agua? Pensé en la botella de dos litros que había dejado en el Tsuru y pensé que Memo, en ese mismo momento, en alguna calle cercana, también sufría por el calor. Si lograba mantener su promesa de no tomar más coca cola, era seguro que buscaría mi agua, aunque no hubiera terminado de pegar su papelería. Gracias, pero debo seguir con la chamba, dije. Pues a ver si otro día, si andas por acá, tal vez podrías pasar a comer, a tomar algo. Sí, otro día que no esté tan ocupado. Cuídate y felicidades de nuevo. 

De regreso a la oficina, Memo y yo no hablamos mucho, él solo dijo que se había cansado mucho, que el calor ya le era insoportable. Hasta me tuve que comprar la respectiva coca; si yo era nada más para manejar y ahora ahí ando también en la promoción. Tú y tu jefa me quedan a deber, eh, yo nada más te digo que se las guardo. En un segundo cambió su ánimo, su gesto fue de molestia. Me preguntó si yo de verdad creía que repartir y pegar volantes servía de algo. Le dije que sí, que pronto veríamos resultados. No quise decir algo más. Todo el camino pensé en Violeta. 

Durante un mes regresamos dos o tres días por semana al centro de Tlajomulco. Convencí a Sara diciéndole que era una buena zona, porque había visto a mucha gente en el rango de edad que buscábamos. También quería buscar a Violeta. No me costó mucho imaginarme invitándola a salir. Memoricé algunas frases que me prometí decirle. Me animaba el recuerdo de la actitud que ella tuvo la tarde que nos conocimos. No fue difícil encontrarla varias veces, pero no platicamos como el primer día. Apurada, seria y sin detenerse, me decía hola o hasta luego. Solo en una ocasión quiso hablarme más, me invitó a acompañarla, iba al mercado a comprar unas cosas que le habían encargado en la fonda. No pude actuar como me había imaginado; estaba muy nervioso. Respondí que todavía tenía trabajo por hacer, pero que quería preguntarle algo. Hizo una mueca de disgusto. Señaló un volante roto que alguien había tratado de arrancar de una caseta telefónica. ¿De veras quieres ocupar tu tiempo nada más para pegar y regalar papelitos? Entonces, nos vemos luego, cuando acabes me preguntas lo que quieras. Se alejó rápido.

No entendí su reacción, sentí vergüenza y no la seguí. En la tarde, Sara me avisó que suspenderíamos la promoción en Tlajomulco para comenzar en Tonalá. Me sentí mal el resto del día. No pude salir del recuerdo de Violeta. Pensé que debí haberla buscado de sorpresa un domingo, para darle atención solo a ella, aunque hubieran sido cinco minutos. Dudé si habría sido fácil encontrarla el día en que tal vez descansaba. No sabía dónde vivía. No sabía, en realidad, nada más que sus dos nombres. Luego de pensarlo mucho, decidí que lo mejor sería esperar a que Sara reanudara la promoción de vacantes en el centro de Tlajomulco.

Esa tarde, después de repartir todos mis volantes, mientras me acercaba al mercado de Tlajomulco, vi a Memo sentado en un puesto de tacos. Él no me vio. Di media vuelta para rodear la manzana en sentido opuesto. Esperé algunos minutos detrás de una esquina antes de asomarme para encontrar que Memo ya se había ido de ese lugar. Movido por la sospecha de que él tenía costumbre de tomar descansos llegué al puesto y, lleno de una seguridad que rayaba en el enojo, pregunté por el hombre que había comido ahí unos minutos antes, el que usaba una camisa azul como la mía. Me respondió una mujer que comenzaba a lavar un manojo de cilantro en una pequeña tina de plástico. Ese cuate pasa seguido, cuando anda trabajando por acá, y hoy se estuvo un buen rato, casi la hora, a la mejor por el calorón que hace. ¿Tú no te echas también unos taquitos?

Me fui sin decir gracias, mientras aquella mujer comenzaba a enlistar los guisados disponibles. Al ir hacia el Tsuru, para colmar mi molestia, vi algunos de nuestros volantes tirados en el suelo, a unos pasos de un bote de basura, en el mismo encontré toda la papelería que le había entregado a Memo. Tuve la intención de comenzar a correr, pero cuando volteé hacia el frente vi a Violeta. Caminaba tomada de la cintura por un hombre alto. Él vestía pantalón de mezclilla roja y camisa blanca abierta en el pecho, un cinturón de hebilla ancha como la palma de una mano; sus botas grises hacían juego con un sombrero tejano. Violeta se detuvo y volteó para decir algo al oído de ese hombre. Él le dio un beso, la soltó y cruzó la calle. Ella pasó junto a mí en silencio, con la mirada fija al frente.

Triste, sin ganas de reclamar nada a nadie, regresé a las calles que ya había caminado. El calor fue el más sofocante de toda esa temporada. Cuando al fin llegué al Tsuru, el hombre de sombrero platicaba con Memo. Al verme, él abrió la puerta del copiloto y me hizo una seña para que subiera. El hombre, muy animado, quería hablar más, sonrió hacia mí, pero Memo lo interrumpió al despedirse de manera atropellada. Subió al auto y encendió el motor lo más rápido que pudo. Mejor vámonos, ese cabrón es un pinche cerdo. No pregunté por qué decía eso. No dije nada sobre los volantes tirados en la basura.

En la oficina, Memo fue a sentarse junto a Sara y, en el mismo tono de broma de siempre, le reclamó que nos hiciera salir a caminar con tanto calor. No te pases, Sara, otra vez debes la coca, y ahora tu segundero la necesita más que yo, para agarrar color; míralo, anda todo apagado, todo el rato callado, parece las plantitas que marchita el sol. Como siempre, luego de seguir la corriente y compartir algunas risas, Sara quiso confirmar conmigo cómo nos había ido. Bien, terminamos la papelería; y encontré a varias personas interesadas. Le entregué el papel donde había anotado los datos: nombres, edades y números de teléfono.

Más tarde, cuando estuvimos solos, cerca de la hora de salida, Sara me contó que había recibido un informe del corporativo. Nuestra sucursal aparece en primer lugar de contratación en toda la zona de occidente. Muchas gracias por el trabajo que haces. Pronto vas a tener que ayudarme también en las entrevistas, ya me has visto hacerlas, uno de estos días practicamos cómo las dirigirías tú. Aunque esas palabras me hicieron sentir mejor el resto de la tarde, por la noche, antes de quedarme dormido, pensé mucho en Violeta. Después de ese día no la volví a encontrar, con el paso del tiempo dejé de preocuparme por buscarla. 

Semanas después, al regresar del trabajo, mientras cruzaba el Parque Morelos reconocí la melodía de «Almendra», un danzón que le gustaba mucho a mis padres. A un costado del quiosco había una cafetería y frente a ella el piso era de cerámica naranja. Hasta ese momento vi que era una pequeña pista para bailar danzón. Al menos seis parejas lucían el vestuario que alguna vez me describió mi mamá: las mujeres con zapatilla abierta, abanico y vestido con vuelo, sin mangas y debajo de la rodilla, no muy abajo; los hombres con sombrero con una pluma del color del vestido de la mujer, guayabera y zapatos de charol. 

Decidí sentarme en una banca para disfrutar la música y el baile. En menos de dos minutos mi mente quedó atrapada en el recuerdo del tiempo que había pasado en Guadalajara. Solo el zumbido de mi celular pudo regresarme al presente. En un mensaje, Sergio, compañero de la universidad, me preguntaba cómo estaba, cómo me iba en mi nueva ciudad. Le hubiera dicho que bien, a secas, como siempre respondía, pero antes de comenzar a escribir escuché una voz que para todos mis sentidos fue como un golpe, como las sacudidas que uno tiene cuando sueña que tropieza. A mi izquierda, en la banca más cercana, un hombre hablaba con una joven. De ella era la voz. Con cuidado de que no me viera me acerqué hasta distinguir sus palabras, insistentes y nerviosas. El hombre sí me vio, enseguida decidió dejar la conversación y la banca. Al pasar a mi lado intentó sonreír, por un instante, su rostro fue el de un niño que no sabe por qué se siente avergonzado.

La joven, ya sin tener con quien hablar, paseó la mirada a lo largo del parque, como si buscara algo, sin saber qué. Usaba zapatos negros de piso, calcetas blancas, falda azul y blusa blanca. Solo le faltaba el suéter con un escudo bordado para hacer pensar que era una estudiante más. Pero no lo era. Más que su atuendo, me llamó la atención su rostro. Los ojos grandes; el cabello, corto y negro, con un mechón teñido de morado en el fleco; y los labios pintados de rosa pálido.

En un primer momento sentí que caminaría hacia mí, pero algo la hizo detener su paso, cambiar de dirección. Se alejó rápido, con la vista en el piso. La vi cruzar el parque hasta llegar junto a otras dos mujeres, les dijo algo y las tres enfilaron hacia el callejón más cercano. En la pista, una mujer de vestido rojo anunció que el grupo tomaría un receso. 

Decidí seguir mi camino. Antes de llegar al extremo del parque, un hombre a mis espaldas comenzó a llamarme. Qué vendes, compa, qué vendes. Era un coyote. Cuando volteé para responderle, vi detrás de él, en el centro de una jardinera, a un grupo de hombres que se reía a carcajadas. Entre ellos reconocí al hombre de sombrero tejano. En realidad, él estaba serio y callado, aunque de alguna manera parecía ser el centro de atención para los que a su alrededor casi perdían la respiración por tanto reír. Uno de ellos, incluso, jalaba su brazo con una mano y con la otra le daba palmadas en la espalda. Pero él estaba serio y callado; me veía a mí. 

En el segundo en que enfrentamos las miradas comprendí de golpe que él había sido testigo de mi último minuto. De la misma forma en que yo pude reconocerlos, él había reconocido mi camisa azul, el uniforme de la financiera. Aunque me detuve, ya sin hacer caso al coyote, esquivé la mirada. Volví a leer el mensaje en el celular y recordé la vez que Sergio dijo, para hacer reír a toda la clase, que mi forma de entender y cumplir la responsabilidad era la de un pinche fanático. En ese momento supe lo que debía hacer.

Imagen tomada la página de la Secretaría de Economía.

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